Hans Christian Andersen, el patito feo

Su prodigiosa imaginación le llevó a firmar una abundante producción literaria, pero son sus cuentos infantiles los que le convirtieron en un escritor mundialmente reconocido. El danés Hans Christian Andersen (Odense 1805-Copenhague 1875) legó a los niños de todo el mundo obras como El patito feo, La sirenita, El traje nuevo del emperador, Pulgarcita, La princesa y el guisante, El soldadito de plomo, La cerillera, La reina de las nieves… y se convirtió sin duda en el autor danés más conocido, y reconocido, del panorama literario. Ocupa según la UNESCO el octavo lugar en la lista de los autores más traducidos, en su caso a más de 125 idiomas. (Nota curiosa: imaginaba que este ranking lo lideraría William Shakespeare, pero es una de mis ídolos infantiles, Agatha Christie, la que lo encabeza).

Nació en un familia muy humilde, con escasos ingresos por el trabajo de la madre (lavandera) y su padre (zapatero). Y sin embargo su progenitor le recalcó siempre la importancia de las historias, leídas y contadas. Cuando su padre falleció, su madre cayó en el alcoholismo y a los catorce Hans Christian puso rumbo a Copenhague para cumplir su sueño de ser cantante. No lo pudo lograr, pero sin embargo se ganó la protección del director del Teatro Real de Copenhague, Jonas Collin, que le becó para estudiar y le apoyaría económicamente en futuros viajes.

Empezó a escribir y se labró con su esfuerzo un futuro marcado por una rica y variada producción literaria, una gran maestría haciendo recortables en papel y un considerable número de viajes.

Su carácter

Hans Christian contaba con un físico peculiar que al parecer fue objeto de burla en su época estudiantil. Según admitió años más tarde, la historia de El patito feo tiene muchos tintes autobiográficos. Nunca se le conoció pareja, aunque se enamoró de varias mujeres que no le correspondieron (sus biógrafos aseguran que también le atraían los hombres, aunque nunca lo reconoció públicamente). Tenía varias fobias y miedos irracionales: viajaba con una cuerda en la maleta para poder escapar por la ventana si hubiese un incendio, y solía dejar una nota en su mesilla de noche en la que ponía “Solo aparento estar muerto”. Tenía pánico a que le diesen por muerto mientras dormía y le enterrasen vivo. Los malos ratos que pasó, sus inseguridades, se traslucen en algunas de sus obras, como La sirenita. Con este cuento, la maquinaria Disney edulcoró para su audiencia infantil una historia en la que a la protagonista le cortan la lengua y termina suicidándose. Imagino que Andersen jamás llegó a sospechar que una pequeña y delicada escultura de su protagonista acuática se convertiría en uno de los rincones más emblemáticos de Copenhague.

La sirenita es la escultura más buscada de Copenhague.

Ciudadano ilustre

Y es que Dinamarca ha honrado de varias formas su memoria, pocas veces he visto una simbiosis tan grande entre un lugar y uno de sus hijos predilectos. Su ciudad de origen, Odense, se ha volcado en recordar la figura de Hans Christian Andersen, y el centro es un homenaje viviente a su legado. En él se puede visitar la casa en la que nació el escritor, la residencia de su infancia y también el museo que lleva su nombre, que reúne muchos de sus manuscritos y trabajos artísticos en papel. Paseos teatralizados y souvenirs recuerdan a este ciudadano ilustre de Odense, ciudad que desde 2013 acoge un festival cultural en agosto con más de un centenar de actividades para todos los públicos.

El Museo Hans Christian Andersen de Odense es un buen punto de partida para conocer la vida del escritor.

A diferencia de muchos homólogos escritores de esa época romántica, H.C. Andersen logró el reconocimiento y el aplauso del público en vida. Justo cuatro meses antes de que falleciera se inauguró en pleno centro de Copenhague una escultura que es uno de los rincones más fotografiados de la ciudad (otras esculturas famosas del escritor se encuentran en el Central Park de Nueva York y en Málaga). Su repercusión internacional ha sido inmensa, y curiosamente ha tenido mucho tirón en China. En Shanghai hay un parque temático infantil basado en sus cuentos, y cuando visitamos Odense vimos a muchos turistas del dragón asiático, muchos más que en otros lugares conocidos como Legoland o la capital danesa.

La escultura del escritor está en pleno centro de Copenhague, junto a los jardines de Tivoli.

Por fin… España

“Viajar es vivir”, solía decir. Y experimentó muchas vidas, ya que entre 1831 y 1873 visitó más de veinte países, una cifra considerable para la época. Fruto de este gusanillo viajero son los 25 cuadernos o libros de viajes que escribió.

H.C. Andersen tenía una imagen romántica de España y en varias ocasiones expresó su frustración por no poder ir por falta de financiación. Finalmente, cuando ya era un autor consagrado pudo viajar en el otoño de 1862. Estuvo casi cuatro meses en territorio español, y aunque ya era una figura de renombre internacional, su presencia pasó casi inadvertida porque sus obras no se habían traducido todavía al castellano. Fruto de sus vivencias ibéricas escribió un año después la obra Viaje por España, en la que señala que sus destinos favoritos fueron Andalucía, San Sebastián y el Museo del Prado en Madrid. Una vez que se quitó la espinita, no volvió a visitar ni a mencionar España.

Papel y libros

Su impronta universal quedó patente cuando tuvo el honor de que la fecha de su nacimiento fuese la escogida para celebrar el Día Internacional del Libro Infantil, el 2 de abril. También a título póstumo se dio su nombre a los considerados “pequeños premios Nobel”: los Premios Hans Christian Andersen reconocen, desde 1958, las mejores obras de narrativa infantil. Se conceden cada dos años en dos categorías, autores e ilustradores, y es la International Board on Books for Young People la que lo otorga. La reina Margarita II de Dinamarca es la encargada de entregar la medalla de oro y el diploma, que tan sólo una vez ha recaído en un autor español (en 1968 lo logró José María Sánchez Silva, autor del relato Marcelino pan y vino, por otra obra).

Para terminar, otra anécdota literaria que refleja su carácter difícil. Hans Christian Andersen admiraba muchísimo al escritor Charles Dickens, y en 1847 tuvo la oportunidad de conocerle en una fiesta. Mantuvieron el contacto y diez años después Dickens le invitó a pasar dos semanas en su residencia británica. La estancia inicial se alargó hasta las cinco semanas, con fricciones incluidas con la familia Dickens, y cuando Andersen finalmente se fue escribieron la siguiente nota: “¡Hans Andersen durmió en esta habitación durante cinco semanas, tiempo que le pareció a nuestra familia años!”. Tras este incidente el autor británico dejó de responder sus cartas y su amistad se disolvió.

Lo que no ha desaparecido en las estanterías de muchos hogares es su obra, las historias de una figura inmensamente creativa, con el corazón roto y un carácter peculiar.

A H.C. Andersen le gustaba leer en alto sus historias a los niños.

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